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El poder expresivo, gestual, económico, directo y plural del dibujo se convierte en las manos –y en la mente- de Claudio Herrera en un eficaz lenguaje de representación. Representación de paisajes fantásticos y extraños, habitados por una maraña acumulativa de signos, formas, trazos y manchas orgánicas. Un amalgama icnográfica construida sobre las obsesivas bases del horror vacui. Singulares morfologías se entremezclan con una irreal orografía de montañas y de picos, y con una también peculiar arquitectura de perfiles utópicos y soñados.
Este Melting pot de formas, líneas, siluetas simbólicas y gestos gráficos me recuerdan inevitablemente los dibujos nerviosos de un niño o los de un alienado (al fin y al cabo dos ingredientes casi imprescindibles para equilibrar y despejar la difícil ecuación del arte…). Imágenes que conforman, en abigarrado totum revolutum, una geografía física y mental, alimentada por citas artísticas, vivencias musicales, referencias históricas y memorias personales.
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