Claudio Herrera


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Texto de Guadalupe Santa Cruz. Enero 1999.

   
 

Extracto Bienal de Arte Joven

Si Macedonio Fernández (1) habla de la novela inexperta que “se atarea en ir matando por separado personajes, ignorando que seres escritos mueren todos juntos en un final de lectura”, Claudio Herrera se entrega, con mano experta a fatigar los signos a sabiendas de que el mapa que construye es aquél de la bancarrota del lenguaje. Proletario y paciente de la cita –esa suerte de “ready made” de la lengua enciclopédica -, arquitecto del colapso, Claudio Herrera se hace cargo de repertoriar, de a uno, “por separado”, metódicamente, el sentido que huye de las palabras. Jugando a la representación literal de su objeto, salta por sobre la ficción a la ciencia-ficción: sabe que en el absurdo –esa forma de declinación de lo “real”- que presenta, falta algo. El frenesí del trazo gráfico envuelve, simula ligar los objetos, sin otorgarles un lugar, en una “infinita discreción”, levantando más bien los circuitos rotos de su inabarcable dispersión. Para unir, a continuación, su desconcierto en una trama pulsional: el cuerpo se acuesta sobre el plano, dibuja de manera maníaca su ausencia, en la fórmula de las fórmulas que lo suprime.

El gesto de Claudio Herrera remeda una metodología dictada por la objetividad –aquella forma como cualquier otra del imaginario, según Barthes- y se niega a toda narración, no reconoce crimen alguno –“la narración es un arte de vigilantes, todo relato es policial, solo los asesinos tienen algo que contar”[2]. Sólo la mancha, delatando el crimen de la propia existencia en la planicie de la carta, en el aplanamiento de los nombres como datos, asoma en esta ciudad de la impunidad, en la cual todos los relatos se han vuelto equivalentes, intercambiables. Solo la mancha da cuenta de un remoto flujo, de un remanente -Sangre y Leche-[3], huellas de una devoradora historia de nutrición y explotación de los cuerpos, economía de la perdida y la ganancia, fluidos de unión y separación. La mancha permanece entonces detenida, boquiabierta, mientras avanza el precipitado de este espacio informe. ¿Guerra de velocidad entre la huella y el archivo? La ciudad-museo, aula y maquina de la (3) ciudad ausente en Piglia, escribe el retorno al museo de la novela por su autor: hace vagar en torno a ella a Macedonio Fernández, vuelto él mismo personaje, acarreando un tachito de yerba con el alma de su amor perdido –las cartas y la foto de Elena envueltas en trapos-: “Había descubierto la existencia de los núcleos verbales que preservan el recuerdo, palabras que habían sido usadas y que traían a la memoria todo el dolor. Las estaba anulando de su vocabulario, trataba de suprimirlas y fundar una lengua privada que no tuviera ningún recuerdo adherido”[4].


[1] Macedonio Fernández, Museo de la novela eterna, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1993.
[2] Ricardo Piglia. La ciudad ausente, Barcelona, Seix Barral, 1995.
[3] Titulo de una exposición anterior de Claudio Herrera, “Sangre y Leche (dos fluidos históricos)”.
[4] Ricardo Piglia, op cit.

   
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